La Sala
Marca dolorosa su presencia imperante el aburrido reloj colgado en la pared. Las ahogantes murallas de color blanco no parecen sorprenderse. La tenue y tintineante luz contrasta los rostros de derrota de los acongojados. Las sillas, iguales, incómodas y uniformemente colocadas sólo dejan espacio a un par de maceteros olvidados que contienen lo ultimo de signo de vida del lugar. Un par de cuadros, copias baratas de arte real intentan inutilmente levantar la atmósfera fúnebre de la habitación.
Los tacos se clavan en los oidos en el camino a la fortaleza que rompe los bolsillos. Una marcha decidida, insensible.
Desde que cayeron prisioneros, cada uno, tomaron su asiento, donde la poca luz que invadía por la cortina no cayera, ocupandolo lento y compungidamente.
Tomaron una gran bocanada de aire, como grito de resignación, juntaron sus manos nerviosas sin volver a levantar la vista.
Uno tras otro llegaban, lentamente, al mismo final.
Pero ni el llegado se atrevía a mirar a los presentes ni estos reaccionaban al neófito.
Tic, tac, tic, tac...
Seguía el maldito sin piedad. Recordándo golpe a golpe el porqué estaban allí.
De pronto una puerta en un rincón, impecablemente blanca como todo el resto de la habitación, hace llamar la atención. Instantáneamente las presas vuelcan la vista hacia la anhelada esquina.
Sería el único movimiento que harían desde su llegada.
Un hombre de mirada agradecida sonríe por última vez y se retira por la sala, ante la mirada envidiosa de los allí condenados.
La puerta se cierra, pero todos los ojos mantienen su atención en ella.
Nuevamente se abre, y los corazones se agitan inmediatamente mientras las ansias invaden las piernas aburridas de la espera.
Tic, tac...
se ríe el reloj de los que heridos retoman su posición de espera pesimista.
José Gutierrez se levanta victorioso, y con energía nueva se encamina por el umbral de la salud por dinero.
Tic, tac, tic, tac...
Se mofa el cruel reloj descuidadamente colgado en la pared, de los avergonzados que esperan cabizbajos por ayuda.

1 Comments:
Últimamente me ha tocado ir en reiteradas ocasiones al hospital (yo que nunca me enfermo, descontando el desdichado 2006 en que casi me despacho de la existencia) por mi abuela, a sanarla de la vejez. Yo prefiero omitir mi opinión ante mis tíos. En fin. Hay que tratar de mantenerse libre, y eso cuesta también tiempo y dinero, qué lastima.
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