Y llegó el día en que el orgulloso pingüino se dió cuenta que no podía seguir así.Cual fuera la razón de su despertar, sus ahora bien abiertos ojos, así como brillantes de sus primeras reales lágrimas, podían ver en inmenso error en el que había vivido tanto tiempo.
Inhaló hondo, díficil.
Exhaló con rabia e impotencia.
Dejó su cuerpo caer indiferente donde estaba, mientras observaba en silencio a la colonia.
-Cómo pude ser tan estúpido.- pensó. Mientras su cabeza le detallaba el orden imperioso que existía, del cual se había renegado a enterar.
-No puedes luchar contra tu propia naturaleza.- Le habían repetido los mayores una que otra vez, sólo dándole fuerzas para luchar contra la corriente de la vida. Inevitablemente, y sin que le importase al destino si él lo sabía, llegaría el momento en que las fuerzas no serían suficientes.
Y había llegado ese momento.
En la orilla de la playa se hallaban los cientos de parejas con sus recién nacidas crías.
Él desde su trono hecho de roca las observaba las que antes eran estupideces y sin-sentidos, ahora fruto de la mayor envidia y sufrimiento que haya existido en un pingüino.
Las risas y caricias hacían eco en la playa, embelleciendo el mar y la arena. El sol, contento de tanto amor, alumbró con más fuerza a los afortunados.
Mientras tanto esas mismas risas retumbaban en los oídos y el sol dañaba los ojos del que no quiso entender.
Fue tanto así, que la última gota de orgullo se disipó en el aire, y su rabia por la situación se transformó de pronto en melancolía.
Y la melancolía en tristeza.
Su trono se había convertido en nada más que una piedra puntiaguda y áspera, la cual odió con la fuerza que le quedaba. Pero era lo último que tenía también.
No se atrevió a pararse y cambiarse de lugar. Quien sabe si la piedra estaría allí mismo cuando la volviera a necesitar.
Y la trizteza se convirtió en dolor.
Su respiración se aceleró, mientras le dolía cada bocanada de helado aire que tomaba.
Ahora, ni aunque lo quisiere, se podría haber levantado. Sus piernas habían desistido de él, y su mente no era más que confusión.
Ya el cansancio le empezó a agotar, y comenzó a sentir un dolor en el pecho.
Sin dejar de mirar la playa, llena de felices criaturas. Las cuales llegó a desconocer.
Se veía como una de ellas. Pero no era una de ellas.
Hasta que de pronto su cuerpo no pudo soportar más.
Su mente no soportó su destino,
Y su corazón cedió ante la pena.
Y ese año, murió el primer pingüino de frío. Cuando ni siquiera era invierno.

2 Comments:
No hay primero sin segundo.
Está bueno, pero el pingüino estaba psicópata.
Vuelvo a la red.
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