Tuesday, February 26, 2008

Por tí, para que no lo leas

Marchas inconscientes nos separan de lo que yo espero y tu desconoces.

Ingenua, no tienes idea.

Te hablo desde mi dentro, a tu todo, sin sacar la voz más allá de mis labios.

Pues no es necesario, ni que lo digas, ni que esta carta tu leas, amor, el día en que despiertes.

Que ni el sabio ni el caído entienda mis palabras, que divagan entre sueños y esperanzas, la testarudez del que sueña en la realidad una realidad soñada.

Y habla a si mismo pero no para sí, sino a su espacio derrochado en la separación de carne y sangre.

Y es en el silencio en que vives. Habitas en mi con ojos que no pueden mirar y una sonrisa inequívoca, presente en cada eclipse que se esconde tras mi espalda.

No corras, que el tiempo es sólo una ilusión para desgastar los espíritus.

No extrañes, que yo nací cuando tu lo hiciste, y de ti será de quién renaceré.

Pues eres mis entrañas y mi manos. Mi lodo y mi esencia. El fuego que quema mis pies y no los deja detenerse. El agua que cura las heridas bajo la piel.

El paso incesante del agobiado tras el oasis de seca arena, que muere feliz tras el sorbo de gris y rojo.

Esto es para ti, para que no lo leas. Para que nunca enteres de lo que sabes, ni leas lo que escribiste, con tu corazón y mis manos, con tu sereno y mi ardor.

Tan separados que juntos no es lo suficientemente cerca para sentir tu ausencia, oler tu distancia, saborear tu huida.

Reconóce la tierra que matas bajo tus pies y la flor que nace tras tu aroma. Siente lo que no te percibe y recibe su calor, a cambio de la añorada ilusión.

Un reflejo impaciente, clamante de tus brazos y el tibio café.

Y que la espera se torne fulgurante, y la muerte no detenga tan tajante la vigilia del que sabe que no viene.

Allí, detrás de donde miro.


Sunday, February 24, 2008

La Sala

Tic, tac, tic, tac...

Marca dolorosa su presencia imperante el aburrido reloj colgado en la pared. Las ahogantes murallas de color blanco no parecen sorprenderse. La tenue y tintineante luz contrasta los rostros de derrota de los acongojados. Las sillas, iguales, incómodas y uniformemente colocadas sólo dejan espacio a un par de maceteros olvidados que contienen lo ultimo de signo de vida del lugar. Un par de cuadros, copias baratas de arte real intentan inutilmente levantar la atmósfera fúnebre de la habitación.

Los tacos se clavan en los oidos en el camino a la fortaleza que rompe los bolsillos. Una marcha decidida, insensible.


Ninguno sabe de la existencia del resto.

Desde que cayeron prisioneros, cada uno, tomaron su asiento, donde la poca luz que invadía por la cortina no cayera, ocupandolo lento y compungidamente.
Tomaron una gran bocanada de aire, como grito de resignación, juntaron sus manos nerviosas sin volver a levantar la vista.

Uno tras otro llegaban, lentamente, al mismo final.
Pero ni el llegado se atrevía a mirar a los presentes ni estos reaccionaban al neófito.


Tic, tac, tic, tac...

Seguía el maldito sin piedad. Recordándo golpe a golpe el porqué estaban allí.


De pronto una puerta en un rincón, impecablemente blanca como todo el resto de la habitación, hace llamar la atención. Instantáneamente las presas vuelcan la vista hacia la anhelada esquina.
Sería el único movimiento que harían desde su llegada.
Un hombre de mirada agradecida sonríe por última vez y se ret
ira por la sala, ante la mirada envidiosa de los allí condenados.
La puerta se cierra, pero todos los ojos mantienen su atención en ella.

Nuevamente se abre, y los corazones se agitan inmediatamente mientras las ansias invaden las piernas aburridas de la espera.

-“Señor Gutierrez, pase con el doctor Sotela en la sala de urología 6”-


Tic, tac...

se ríe el reloj de los que heridos retoman su posición de espera pesimista.

José Gutierrez se levanta victorioso, y con energía nueva se encamina por el umbral de la salud por dinero.


Tic, tac, tic, tac...

Se mofa el cruel reloj descuidadamente colgado en la pared, de los avergonzados que esperan cabizbajos por ayuda.