Por tí, para que no lo leas
Ingenua, no tienes idea.
Te hablo desde mi dentro, a tu todo, sin sacar la voz más allá de mis labios.
Pues no es necesario, ni que lo digas, ni que esta carta tu leas, amor, el día en que despiertes.
Que ni el sabio ni el caído entienda mis palabras, que divagan entre sueños y esperanzas, la testarudez del que sueña en la realidad una realidad soñada.
Y habla a si mismo pero no para sí, sino a su espacio derrochado en la separación de carne y sangre.
Y es en el silencio en que vives. Habitas en mi con ojos que no pueden mirar y una sonrisa inequívoca, presente en cada eclipse que se esconde tras mi espalda.
No corras, que el tiempo es sólo una ilusión para desgastar los espíritus.
No extrañes, que yo nací cuando tu lo hiciste, y de ti será de quién renaceré.
Pues eres mis entrañas y mi manos. Mi lodo y mi esencia. El fuego que quema mis pies y no los deja detenerse. El agua que cura las heridas bajo la piel.
El paso incesante del agobiado tras el oasis de seca arena, que muere feliz tras el sorbo de gris y rojo.
Esto es para ti, para que no lo leas. Para que nunca enteres de lo que sabes, ni leas lo que escribiste, con tu corazón y mis manos, con tu sereno y mi ardor.
Tan separados que juntos no es lo suficientemente cerca para sentir tu ausencia, oler tu distancia, saborear tu huida.
Reconóce la tierra que matas bajo tus pies y la flor que nace tras tu aroma. Siente lo que no te percibe y recibe su calor, a cambio de la añorada ilusión.
Un reflejo impaciente, clamante de tus brazos y el tibio café.
Y que la espera se torne fulgurante, y la muerte no detenga tan tajante la vigilia del que sabe que no viene.
Allí, detrás de donde miro.
