
Cada vez que la gran bola se marchaba, se dejaba llevar por sus sueños.
Al otro día, la gran bola regresaba por el otro lado y saboteada vez tras vez sus planes.
Su poder inevitable le iba secando. Pero no quería dejar de soñar.
No soñaba lo mismo que los otros. No soñanaba extensos prados verdes ni largos tallos, gruesos troncos y abejas por doquier.
Siempre había soñado con volar.
Volar alto y lejos, recorrer los prados mas allá de donde la gran bola se escondía, sentir el viento de forma distinta.
Pensaba cada noche que este no era su destino. Que debió haber sido un ave. Si, estaba seguro que debía haber sido un ave.
Los otros se burlaban de él, que le pasaría lo mismo que a todos. Era el ciclo. Los más desteñidos, producto del incontenible tiempo, lo miraban con lástima melancólica.
Pero a él no le importaba. El quería volar.
Pasó el tiempo y los mas viejos se fueron muriendo. De a poco el mismo fue siendo invadido por el café y el rojizo, inevitablemente. No podía hacer nada.
La gran bola nunca faltó a su trabajo, ni siquiera un día, no importase cuanto lo deseara, aquel gran astro dejaría de pasar por sus cabezas, sólo para esconderse un momento antes de retornar, como ya hacían varios meses.
Y fue pasando el tiempo, lento como siempre. Cada vez estaba más debil. Ya aquel verde de juventud era sólo un recuerdo.
Cada vez bebía menos, no porque no quisiera, sino porque ya no le daban. Ya ninguno recibía agua. Como si estubiesen de pronto condenados por un delito que nunca se cometió.
Estaba cansado, sin ánimos y cabizbajo. Él, que siempre buscó estar a la altura de sus hermanas aves, yacía ahora torcido en dirección al suelo.
Sin embargo, seguía soñando con volar. Pero no era ave. Nunca dejó de hacerlo. Pero era inherente su trágico final.
Esperó los últimos días, observando sólo el piso por su nuevo estado. Llevaba días sin ver un ave volar. Tan sólo veía a sus compañeros adelantarse en la tarea maldita. Aunque no veía ya la gran bola, sentía su calor, que se había vuelto doloroso y torturante.
Su última noche no soñó nada. Por primera vez en su vida no soñó que volaba.
Despertó sabiendo que era su día. Bastó un poco de brisa para que su último trozo de agarre quebrara y se viera lanzado a su propio destino.
Un viento piadoso lo acunó varios metros antes de caer. Su cuerpo chocó brutalmente contra el piso. Aunque nadie lo notara. Su espíritu tomó un ultimo respiro y sonriendo se desvaneció para siempre.
Había volado.

Algunos sádicos juegan riendo con los cadáveres acumulados que dejó aquel ahora desnudo árbol. Otros aborrecen y los juntan para destuir los restos de su existencia.
Nadie tiene idea qué soñaban cada noche al ocultarse el sol.
Ninguno guardó respeto por las almas de estos pobres, derrotados sobre los vestigios del verano.
Y el viento nuevamente se las lleva.