Una tacita de té

Llueve ligeramente afuera. Mi mirada inmovil sobre un punto inexistente a travez de la borrosa ventana que da hacia fuera. Vuelvo la cabeza, y observo la pequeña taza de té enfrente mio. Luego de un timido pestañeo me pareció ver en aquella clara agua de tonos café y rojo algo mas que mi reflejo.
Me pareció ver mi infancia. Me parecio ver esos inocentes juegos de niños donde la imaginación era todo lo que necesitabamos para ser feliz. Me pareció verme tirado en el pasto de la vieja escuela jadeando y sonriendo, luego de una tarde magica para una mente que desconocía el mundo. Me parecio tambien ver a viejos amigos, amores, compadres, peleas y hasta las saladas lagrimas que brotaban de mis ojos en la oscuridad de mi habitación, procurando que nadie me viera.
Vi tambien desfilar mis sueños, uno tras otro, frente a mis ojos. Algunos viejos y tristes, cansados, otros alegres y llenos de energía. Algunos realizados y otros cabizbajos, marchando a paso cansado, desilucionados. Vi algunos que no recordaba, algunos que no deberían haber nacido. Incluso vi algunos mas jovenes, los mas recientes, llenos de esperanza y tezón. Los miré con lastima, y me respondieron con un suspiro, como el de los mas viejos y desarraigados.
Exhumé momentos buenos, que, escondidos en algun rincon cuidadoso de mi mente se guardaban de mi. Me encontré tambien con algunos que creía haber guardado con llave en lo mas oscuro y olvidado de mi corazón. Estos ultimos pasaron mas lento, mas suave, jugando con la herida que no alcanzó a cerrar, dejando claro que no se habían ido, y que no lo harían quizas jamas.
Muchos momento ya parecían no tener la importancia que tuvieron alguna vez. Otros, revelaron ahora su significado. Lamenté no haberme dado cuenta antes. Vi mis errores pasar, cada uno mirandome con recelo, y me sentí juzgado por mis propios actos. Les pedí perdon, sin saber bien si me lograron escuchar, si me quisieron escuchar. Pasaron luego aquellas personas que alguna vez herí. No pude articular palabra, e intenté con la mirada decir lo que era justo. Cuando ya creí había pasado hasta el ultimo, apareció a quien más temía encontrar. Sus ojos clamaban perdon. Los ojos de ambos se humedecieron. Estaba solo, parado frente a mi, mirandome, completamente solo. Ni siquiera yo parecía ser una compañía. Su rostro demacrado por heridas profundas, realizadas con palabras y abandono. Me mostró su tumba. Nuestra tumba. La tierra había sido recien movida, sin embargo, no había nadie más. Entonces comprendí el por qué su presencia. Y lo miré con la mejor esperanza que pude sacar de un corazón abandonado por su dueño.
-¿Te lo piensas tomar con los ojos? – Me dijo riendo suavemente, con esa sonrisa que es mezcla de maldad e inocencia como solo ella lo puede hacer.
Al principio no reaccioné. Seguía pegado en la taza de té. Una sensación de serenidad recorrió mi cuerpo.
Talvez pasaron segundos, quizas años, antes que lentamente levantara mi vista hacia ella. Sus ojos rebasaban de un resplandor como una mañana luego de la tormenta, cuando las aves vuelven a salir de sus nichos seguras, alegres. Como aquella primera luz del alba en que te das cuenta que eres feliz.
Le miré quizas otro centenar de siglos, quien sabe, que importa. Cuando el aliento logró volver en mi, tome una larga bocanada de aire y pronuncié las palabras mas ciertas que he dicho alguna vez, sacadas del mas profundo de aquel corazón que una vez latió con esperanza :
-Te quiero-
Ruido. Abro los ojos. Mi reloj parpadea las 7:00 Am.
Me pareció ver mi infancia. Me parecio ver esos inocentes juegos de niños donde la imaginación era todo lo que necesitabamos para ser feliz. Me pareció verme tirado en el pasto de la vieja escuela jadeando y sonriendo, luego de una tarde magica para una mente que desconocía el mundo. Me parecio tambien ver a viejos amigos, amores, compadres, peleas y hasta las saladas lagrimas que brotaban de mis ojos en la oscuridad de mi habitación, procurando que nadie me viera.
Vi tambien desfilar mis sueños, uno tras otro, frente a mis ojos. Algunos viejos y tristes, cansados, otros alegres y llenos de energía. Algunos realizados y otros cabizbajos, marchando a paso cansado, desilucionados. Vi algunos que no recordaba, algunos que no deberían haber nacido. Incluso vi algunos mas jovenes, los mas recientes, llenos de esperanza y tezón. Los miré con lastima, y me respondieron con un suspiro, como el de los mas viejos y desarraigados.
Exhumé momentos buenos, que, escondidos en algun rincon cuidadoso de mi mente se guardaban de mi. Me encontré tambien con algunos que creía haber guardado con llave en lo mas oscuro y olvidado de mi corazón. Estos ultimos pasaron mas lento, mas suave, jugando con la herida que no alcanzó a cerrar, dejando claro que no se habían ido, y que no lo harían quizas jamas.
Muchos momento ya parecían no tener la importancia que tuvieron alguna vez. Otros, revelaron ahora su significado. Lamenté no haberme dado cuenta antes. Vi mis errores pasar, cada uno mirandome con recelo, y me sentí juzgado por mis propios actos. Les pedí perdon, sin saber bien si me lograron escuchar, si me quisieron escuchar. Pasaron luego aquellas personas que alguna vez herí. No pude articular palabra, e intenté con la mirada decir lo que era justo. Cuando ya creí había pasado hasta el ultimo, apareció a quien más temía encontrar. Sus ojos clamaban perdon. Los ojos de ambos se humedecieron. Estaba solo, parado frente a mi, mirandome, completamente solo. Ni siquiera yo parecía ser una compañía. Su rostro demacrado por heridas profundas, realizadas con palabras y abandono. Me mostró su tumba. Nuestra tumba. La tierra había sido recien movida, sin embargo, no había nadie más. Entonces comprendí el por qué su presencia. Y lo miré con la mejor esperanza que pude sacar de un corazón abandonado por su dueño.
-¿Te lo piensas tomar con los ojos? – Me dijo riendo suavemente, con esa sonrisa que es mezcla de maldad e inocencia como solo ella lo puede hacer.
Al principio no reaccioné. Seguía pegado en la taza de té. Una sensación de serenidad recorrió mi cuerpo.
Talvez pasaron segundos, quizas años, antes que lentamente levantara mi vista hacia ella. Sus ojos rebasaban de un resplandor como una mañana luego de la tormenta, cuando las aves vuelven a salir de sus nichos seguras, alegres. Como aquella primera luz del alba en que te das cuenta que eres feliz.
Le miré quizas otro centenar de siglos, quien sabe, que importa. Cuando el aliento logró volver en mi, tome una larga bocanada de aire y pronuncié las palabras mas ciertas que he dicho alguna vez, sacadas del mas profundo de aquel corazón que una vez latió con esperanza :
-Te quiero-
Ruido. Abro los ojos. Mi reloj parpadea las 7:00 Am.

